Las Obras



Las acuarelas arequipeñas del período de auge configuraron un repertorio iconográfico reconocible que se consolidó como marca distintiva regional. Los elementos recurrentes incluyen portones coloniales de sillar con aldabas de bronce, arcos de piedra volcánica enmarcando vistas hacia la campiña, buganvilias rojas desbordando muros encalados, el volcán Misti como telón de fondo permanente, macetas de geranios junto a tinajas de barro, en pasajes característicos de distritos arequipeños o personas de espaldas contemplando el paisaje o trabajando la tierra, y cielos de azul intenso característico de la luminosidad arequipeña. Esta gramática visual respondía a una concepción del paisaje donde, como señalaba Alejandro Núñez Ureta, la tradición constituía un valor que no podía trastocarse en su representación. El dominio técnico se expresaba en el

control del agua sobre el papel, la capacidad de capturar la luz particular de la región y el manejo de transparencias que distinguía a los maestros consagrados. La calidad también recaía en los materiales también marcaban diferencias, con artistas como Castillo importando del extranjero pigmentos y papeles de calidad. El acceso a materiales profesionales permitía elevar los estándares técnicos y distinguirse de la producción ejecutada con insumos inferiores, convirtiendo la calidad material en estrategia de diferenciación dentro del campo artístico regional. Esta evolución de la acuarela de paisajes rurales, hacía paisajes arquitectónicos, o estilísticamente del realismo hacía el hiperrealismo, y paralelamente un estilo impresionista y expresionista completando esta ruta con una acuarela hecha abstracción a finales de los noventas e inicios del 2000.