Las escuelas de arte y espacios alternativos
Tanto la Escuela Nacional de Bellas Artes Carlos Baca Flor (en los años 80s y 90s tuvo denominaciones como escuela regional de bellas artes, instituto superior de arte y escuela superior pública de arte) así como la Escuela Profesional de Artes de la UNSA ofrecían formación orientada principalmente a técnicas consideradas elevadas como el óleo o el acrílico, relegando la acuarela a una posición marginal mediante su exclusión de los talleres principales.
Los docentes que venían con una educación europea en la escuela de artes de la UNSA, como Miguel Ángel Espinoza formado en París y Ramiro Pareja proveniente de España con experiencia alemana, priorizaron al óleo y acrílico sobre la enseñanza de acuarela bajo ya que se asociaba a la falta estándares académicos requeridos para instituciones formales. Esta exclusión institucional forzó el desarrollo de rutas alternativas de aprendizaje.



Los talleres gestionados por los propios pintores funcionaron como espacios de socialización profesional donde se transmitía no solo técnica pictórica sino disposiciones corporales, criterios de valoración y redes de contactos. Entre ellos destacaron los talleres de la ANEA (Asociación nacional de escritores y artistas) liderados por Carlos de la Riva, Carlos Ticona y Luis Pantigoso. Mauro Castillo, uno de los referentes fundamentales de la acuarela arequipeña, nunca ofreció cursos académicos estructurados pero los estudiantes acudían a su taller y salían con él en expediciones al campo donde el aprendizaje ocurría mediante interacción directa. Como relata el artista David Villalba: «la primera vez que yo vi pintar a un gran maestro fue Mauro Castillo, cuando yo estaba en cuarto año; salíamos a pintar al campo los dos solos, nos íbamos por los sitios más lejanos, como Yarabamba o como Characato». La incorporación tardía de la acuarela como taller principal en la Escuela Carlos Baca Flor recién ocurrió en 2003, y su formalización como carrera profesional fue en 2015, evidenciando un desfase de tres décadas entre la consolidación de la acuarela como marca regional y su reconocimiento institucional.

Alumnos de la Escuela de Arte Carlos Baca Flor a inicios de los años noventa. El local, ubicado en la calle Sucre, fue la casa del intelectual arequipeño Hipólito Sánchez Trujillo. Esta casona histórica fue adaptada para clases y talleres de arte en 1972, luego de que la institución pasara por diferentes locales en el centro histórico. Actualmente, el edificio continúa funcionando como sede principal de la escuela.















