Galerias formales en Lima
El circuito galerístico limeño constituyó un espacio de legitimación fundamental para los acuarelistas arequipeños durante las décadas de 1980 y 1990. Antes de este período, solo tres artistas de la región habían logrado posicionarse en galerías de la capital, estableciendo vínculos que facilitarían posteriormente el acceso de otros acuarelistas. Galerías ubicadas en distritos como Miraflores y San Isidro acogieron la producción arequipeña, validándola bajo la etiqueta de arte regional. Un papel central cumplió la Galería Trapecio, administrada por gestoras de origen arequipeño cuya identidad regional funcionó como motor afectivo y estratégico para la promoción de los acuarelistas del sur. Otras galerías como Borkas, 715 y Galería 9 se sumaron a la promoción de exposiciones de
acuarelas arequipeñas, obras que en su gran mayoría desarrollaban temática naturalista con motivos de paisajes y detalles urbanos. Esta ubicación en el mercado capitalino resulta significativa considerando el contexto, ya que mientras Lima procesaba la violencia política de los ochenta a través de un arte politizado y experimental, con colectivos ocupando espacios públicos y cuestionando el sistema, Arequipa se refugiaba o se ubicaba en la evasión, a través de una estética de la tradición, del paisaje sereno y del virtuosismo técnico. Hacia finales de los noventa, el mundo galerístico limeño experimentó un giro hacia lo contemporáneo, privilegiando otro rubro en papel como el de la fotografía, lo que significó un quiebre en el modelo de producción y consumo. Sin embargo, a pesar del éxito comercial durante el período de auge, la crítica especializada capitalina raramente incorporó a los acuarelistas arequipeños en sus narrativas paradigmáticas, evidenciando una separación estructural entre legitimación comercial y legitimación intelectual que relegaba la producción arequipeña a posiciones subordinadas en el campo simbólico nacional.





