Mercado de la cachina
Junto al circuito galerístico formal y al mercado Krishna existió un tercer régimen de circulación que ocupaba un lugar menor en las jerarquías de legitimación pero que sostuvo económicamente a numerosos artistas. El mercado de la «cachina», categoría cargada de connotaciones peyorativas entre los propios acuarelistas, designa una producción orientada al turismo y lo decorativo, donde resulta irrelevante la trayectoria del creador y la obra funciona primariamente como souvenir que comercializa la visualidad regional. El término «cachina» en el contexto peruano designa mercados informales de productos de segunda mano o calidad inferior. Aplicado a la acuarela, refiere a pinturas menos sofisticadas técnicamente, caracterizadas por colores saturados o
iridiscentes, resolución rápida mediante economía de veladuras, y motivos simplificados hasta convertirse en íconos reconocibles como el volcán Misti esquemático, la puerta serializada o la campesina pintoresca. El mercado creció durante los años noventa, cuando los puestos de artesanías del centro de Arequipa se llenaron de cartulinas con paisajes urbanos. Artistas y comerciantes identificaban estudiantes con «mano», la habilidad encarnada para resolver imágenes con rapidez, reclutándolos para esta producción. La producción de cachina configuró un régimen estético propio que no debe leerse como degradación de la técnica sino como la constitución de una economía visual específica. Los artistas desarrollaron sistemas de trabajo con plantillas y procesos seriados que priorizaban el resultado y la captura inmediata de atención del comprador. Para los estudiantes y artistas recién egresados en los noventa, vender cachinas era la forma de sostener sus gastos mientras estudiaban, e iniciaban una carrera artística que eventualmente podría transitar hacia circuitos de mayor legitimación simbólica.

















